Al presidente Bush parece no importarle que en poco menos de dos meses le dejará a su sucesor un país destruido financieramente, enfrascado en una guerra interminable y con poquísima simpatía internacional. Estados Unidos se encuentra al borde de una larga y dolorosa recesión económica que podría costarle su puesto de privilegio a nivel mundial como la única superpotencia planetaria.
Desde el final de la Guerra Fría, cuando se desintegró el mundo comunista a partir del hundimiento de la Unión Soviética, Estados Unidos había ejercido el papel de única potencia económica y política a nivel mundial; se hablaba de un mundo unipolar. Este inmenso poder fue utilizado para controlar ampliamente las instituciones e instancias internacionales como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional e incluso las Naciones Unidas, donde contribuye con el 25% del presupuesto anual de funcionamiento. Desde inicios de los 90s, en su rol de potencia mundial incontestable, lideró varias guerras alrededor del mundo y mantuvo su hegemonía en todos los océanos y regiones del planeta. Su poder militar le permitió establecer “alianzas” con antiguos enemigos y oportunistas amigos, que vieron en su poder y carta de valores, la solución a sus problemas sociales y económicos. Sin embargo, este dominio hegemónico podría estar llegando a su fin.
Según varios analistas económicos, entre ellos el académico estadounidense Jeffrey Sachs, el planeta se acerca peligrosamente a un punto de inflexión en donde el status quo mundial podría cambiar por primera vez desde el siglo XIX. De hecho, antes del 2050 podríamos vivir un cambio de paradigma en donde Asia sea el eje de la economía mundial -con más del 50% de la producción económica del planeta- y EE.UU y Europa queden rezagados a un segundo plano con apenas un 25% de participación. América Latina y África tendrían el otro 25%. Con estas proyecciones poco halagadoras, ¿Qué le queda por hacer al próximo presidente de los EE.UU.?
En primer lugar, debe comprender que el mundo ha cambiado y se proyecta como un mundo multipolar, donde varios países compartirán las decisiones que antes se hacían en solitario -o a lo mucho en consenso con el Reino Unido y un par de aliados incondicionales como Israel-, y que estos países estarán en lugares donde será muy difícil establecer o “demostrar” presencia y poderío militar estadounidense: China, Rusia, India e incluso Brasil. Segundo, un presidente sensato deberá darse cuenta que un consejo de seguridad de la ONU, que refleja el poder político de la II Guerra Mundial en 1945, dejó de ser efectivo y que ahora debe incluir a potencias emergentes, como Brasil, y a naciones que fueron excluidas por el resultado de la guerra, como Alemania. Tercero, el próximo presidente debe buscar acercamiento en igualdad de condiciones con la comunidad internacional y no como lo había hecho hasta ahora, en una posición de ventaja, debido a la noción de su poder.
No sabemos que pasará con este país y su sistema económico y político. Lo que sí sabemos es que con un presidente como McCain, y una vicepresidenta como Palin, aquello no cambiaría mucho y se mantendrían muchos esquemas. A Obama podría dársele el beneficio de la duda. En todo caso, la era de poder hegemónico del que disfrutó EE.UU hasta ahora, podría estar llegando a su fin. Las próximas semanas empezarán a poner las cosas en perspectiva.
Thursday, October 2, 2008
Wednesday, October 1, 2008
¿Se viene la debacle financiera?
El sistema financiero estadounidense pasa en estos días por una grave crisis. Según muchos analistas, es una de las crisis más graves de la historia, comparable con aquella que precedió a la gran depresión de 1929. En menos de dos semanas, varios de los bancos más grandes del país se han declarado en banca rota. Por otro lado, la bolsa más importante del mundo -Wall Street- pasa por momentos durísimos. Tal es así que varios medios de comunicación calificaron al lunes pasado como “otro Lunes Negro”, en alusión a aquel lunes de octubre de 1987, cuando el indicador Dow Jones, se desplomó en una sola sesión. Y es que el principal indicador de Wall Street cayó el lunes 508 puntos, es decir un 22,8%. Este desplome causó pérdidas millonarias (estimadas en 500.000 millones de dólares) entre los inversores. En comparación, en 17 de septiembre de 2001, pocos días luego de los atentados terroristas en Nueva York, el Dow Jones bajó un 7.1% y fue considerado una catástrofe.
Al mismo tiempo, el estado norteamericano (sobre todo el poder legislativo) se encuentra ante la disyuntiva de aprobar o no un ambicioso plan de “salvataje” propuesto por el presidente Bush, para rescatar el sistema financiero con 700.000 millones de dólares, comprando activos hipotecarios en manos de los bancos. Esta sería la mayor intervención estatal de la historia. Y aquí es donde los Estados Unidos afrontan un dilema ético y moral: los defensores a ultranza del neoliberalismo y del poder del mercado para autoregularse (a través de una “mano invisible”, como la definió el economista escocés A.Smith), se sienten confundidos al no poder aprobar ese rescate millonario. De hecho, una gran parte de la teoría británico-americana de libre mercado llegaría a su fin. Al menos moralmente.
Y precisamente esto fue lo que causó la caída del lunes. Una Cámara de Representantes que sorpresivamente -o no- votó en contra del paquete de rescate financiero, hacía que la bolsa de Nueva York perdiera más de 500 puntos en 5 minutos. Ni siquiera los republicanos, del mismo partido de Bush, aceptaron la propuesta presidencial.
Ahora “el plan de rescate” ha sido revisado y se han hecho varios cambios. Y se lo ha vuelto a presentar, esta vez al Senado. Las votaciones serán esta noche. De esta votación dependerá el futuro del sistema financiero estadounidense, y el devenir de su tan predicada carta de valores.
Al mismo tiempo, el estado norteamericano (sobre todo el poder legislativo) se encuentra ante la disyuntiva de aprobar o no un ambicioso plan de “salvataje” propuesto por el presidente Bush, para rescatar el sistema financiero con 700.000 millones de dólares, comprando activos hipotecarios en manos de los bancos. Esta sería la mayor intervención estatal de la historia. Y aquí es donde los Estados Unidos afrontan un dilema ético y moral: los defensores a ultranza del neoliberalismo y del poder del mercado para autoregularse (a través de una “mano invisible”, como la definió el economista escocés A.Smith), se sienten confundidos al no poder aprobar ese rescate millonario. De hecho, una gran parte de la teoría británico-americana de libre mercado llegaría a su fin. Al menos moralmente.
Y precisamente esto fue lo que causó la caída del lunes. Una Cámara de Representantes que sorpresivamente -o no- votó en contra del paquete de rescate financiero, hacía que la bolsa de Nueva York perdiera más de 500 puntos en 5 minutos. Ni siquiera los republicanos, del mismo partido de Bush, aceptaron la propuesta presidencial.
Ahora “el plan de rescate” ha sido revisado y se han hecho varios cambios. Y se lo ha vuelto a presentar, esta vez al Senado. Las votaciones serán esta noche. De esta votación dependerá el futuro del sistema financiero estadounidense, y el devenir de su tan predicada carta de valores.
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